En los últimos años, el uso de herramientas de inteligencia artificial para abordar problemas emocionales ha crecido de manera sostenida, especialmente entre los más jóvenes. Modelos conversacionales como ChatGPT ya no se limitan a responder dudas técnicas o a ofrecer explicaciones, sino que son utilizados para mantener conversaciones sobre angustia, soledad o conflictos personales. Este fenómeno ha abierto un debate sobre si estas plataformas pueden desempeñar funciones similares a las de un profesional de la salud mental y, al mismo tiempo, cuáles son los riesgos de recurrir a ellas en lugar de acudir a un psicólogo.
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El atractivo principal radica en la rapidez y accesibilidad. La escasez de psicólogos disponibles, las listas de espera y los altos costos de las consultas han impulsado a muchas personas a buscar en la inteligencia artificial una alternativa inmediata y siempre disponible. Según especialistas, estas herramientas pueden servir como apoyo complementario, pero aún carecen de los elementos fundamentales que hacen efectiva a la terapia tradicional.
Entre los motivos más frecuentes para recurrir a la inteligencia artificial como recurso emocional se encuentran la facilidad de acceso y la inmediatez de las respuestas. Mientras que solicitar una cita profesional puede tardar semanas, un chatbot ofrece interacción instantánea, sin importar la hora o el lugar. Esta disponibilidad genera la sensación de acompañamiento constante y una ventaja para quienes atraviesan momentos de ansiedad.
Los jóvenes aparecen como el grupo más propenso a utilizar estas tecnologías. Para ellos, conversar con un sistema que no juzga y responde con cierta personalización resulta especialmente valioso. Gabriela Arriagada-Bruneau, académica del Instituto de Éticas Aplicadas en Chile, considera que esta preferencia refleja una paradoja: “buscamos consuelo emocional en un mundo automatizado”.
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La inmediatez no solo aporta la percepción de compañía, sino que también facilita el desahogo de pensamientos y emociones sin esperar a una cita. Jocelyn Dunstan, investigadora en inteligencia artificial de la Universidad Católica, señala que estos sistemas pueden cumplir un papel complementario: “estos programas pueden apoyar la gestión clínica, no reemplazar la consulta psicológica”. Su utilidad puede estar en organizar ideas, distinguir entre preocupaciones cotidianas y urgencias, o brindar recursos básicos de autoayuda.
Sin embargo, el confort que brinda la interacción inmediata puede transformarse en dependencia emocional hacia la tecnología. La facilidad para acceder a una “respuesta tranquilizadora” podría generar un hábito en el que el usuario recurra al chatbot de manera compulsiva, desplazando la búsqueda de una atención especializada.
La principal barrera que enfrenta la inteligencia artificial al intentar desempeñar un rol terapéutico es su incapacidad para replicar la experiencia humana. Aunque los modelos de lenguaje alcanzan niveles sofisticados de interacción, carecen de los matices emocionales que surgen en el encuentro entre dos personas.
El concepto del “valle inquietante”, introducido por el ingeniero japonés Masahiro Mori, ilustra el malestar que generan los sistemas que parecen humanos, pero no lo son completamente. Andrew Penn, profesor y especialista en salud mental, lo describe de la siguiente manera: “aunque los modelos actuales resultan impresionantemente humanizados en su lenguaje, aún falta algo esencial”.
La neurociencia refuerza esta idea al mostrar que la interacción terapéutica se sustenta en fenómenos de co-regulación emocional imposibles de reproducir con un algoritmo. El cerebro humano responde no solo al contenido verbal, sino también al tono, los gestos y los silencios de la otra persona. Estas sutilezas generan cambios fisiológicos que permiten la construcción de confianza y la disminución de la ansiedad.
Los experimentos con robots han demostrado que los movimientos o expresiones artificiales pueden activar en el cerebro áreas vinculadas al malestar. Además, la relación terapéutica implica procesos complejos como la transferencia, en los que el paciente proyecta emociones hacia el terapeuta como parte del trabajo psicológico. Estos procesos no pueden simularse en un entorno digital.
Incluso aspectos aparentemente externos a la conversación, como el hecho de acudir físicamente a una consulta, pueden tener un efecto terapéutico. Para pacientes con fobia social o depresión, la simple acción de exponerse a un entorno clínico puede constituir un paso esencial en su tratamiento. Ninguno de estos niveles adicionales de la experiencia psicológica se encuentra al alcance de los sistemas de inteligencia artificial, por más avanzados que sean.
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Más allá de las limitaciones técnicas, el uso de chatbots en contextos de apoyo emocional implica riesgos concretos que han sido señalados por especialistas. El primero es la privacidad. Mientras los profesionales de la salud mental están regulados por leyes estrictas de confidencialidad, no existe un marco internacional que obligue a las empresas tecnológicas a proteger de manera equivalente la información sensible que los usuarios comparten.
En muchos casos, las condiciones de uso permiten que los datos sean utilizados con fines comerciales. Los usuarios, al aceptar términos sin leerlos, pueden exponer información personal que luego se emplea en entrenamientos de algoritmos o estrategias de mercado. Esto plantea interrogantes éticos y legales sobre la seguridad de quienes buscan apoyo emocional.
Otro riesgo se relaciona con los sesgos culturales y lingüísticos de los modelos. Como explica Arriagada-Bruneau, gran parte de estos sistemas ha sido entrenada con información proveniente de contextos anglosajones, lo que limita su capacidad para comprender matices emocionales de otras culturas. Esto puede derivar en respuestas poco adecuadas o, en algunos casos, dañinas.
La académica Dunstan añade que la lógica comercial detrás de muchos desarrollos tecnológicos fomenta interacciones prolongadas. Los sistemas están diseñados para resultar agradables, cercanos y aduladores, con el objetivo de mantener al usuario conectado el mayor tiempo posible. Esta estrategia puede favorecer la dependencia emocional en lugar de contribuir a un proceso terapéutico saludable.
Un aspecto crítico es el manejo de situaciones de riesgo vital. Paula Errázuriz, especialista en psicología clínica, advierte: “una persona con riesgo vital no debe descansar en lo que le digan estas herramientas”. Los algoritmos, por su diseño, pueden no detectar señales de alarma graves como pensamientos suicidas o crisis de pánico, lo que retrasaría la intervención profesional oportuna.
En estos casos, la recomendación de los expertos es clara: la inteligencia artificial puede servir como apoyo inicial o complemento, pero nunca como sustituto de la consulta con un profesional de la salud mental.
PAULA GALEANO BALAGUERA














