El despertar blanco, con la Supercopa, la Copa y la Liga perdidas, llegó tarde. No tenía más opciones y dio todo lo que tenía en el Allianz Arena. Firmó un primer tiempo desatado, se encorsetó en el segundo e hincó la rodilla en el 87, cuando Luis Díaz marcó el 3-3 justo después de la expulsión de Camavinga, otra vez señalado.
A los 39 segundos, Arda Güler aprovechó un error impropio de Neuer, gigante en la ida. Mala entrega, balón al centro, y Güler, sin domesticarlo siquiera, lo envió directo a la red.
El Bayern respondió pronto. A los cinco minutos, cuando un córner encontró la cabeza de Pavlovic bajo la línea. Lunin midió mal la salida y Alexander-Arnold se quedó a medio camino. Empate. Y ahí el partido se convirtió en una prueba de resistencia.
Cuando parecía que el guion tenía dueño, volvió Güler. Falta al borde del área, perfil zurdo, y un disparo cercano a la escuadra de Neuer: golazo, el que reclamaba el madridismo.

Era noche de sobrevivir a los golpes. Avisó Kimmich, insistió Stanisic y respondió Lunin hasta que apareció lo inevitable: Harry Kane. Porque Kane no suele perdonar. Y no perdonó. La jugada nació en una grieta central que encontró Upamecano, con Alexander-Arnold otra vez distraído. Control, pausa y definición. Gol. Empate otra vez.
Y cuando el descanso ya asomaba, el Real Madrid recordó quién es. Primero un aviso de Vinicius al larguero. Después, el tercer martillazo: contra perfecta, definición de Mbappé ante Neuer y 3-2.
El segundo acto se presentaba frenético y no apto para cardíacos, pero más de contención y más tacticismo, porque el final estaba cerca. No había espacio para más errores, podían ser fatales. El Bayern insistió con la pelota, cerca del área, pero con menos físico para la presión y más espacio para las contras del Real Madrid.
Esto generó huecos para la velocidad de Mbappé, que desequilibró en varias ocasiones. La más clara al principio y a la que respondió Neuer.

Y así se llegó a los minutos finales, con los dos equipos a un gol de las semifinales y con miedo a una imprudencia fatal. Todo se iba a decidir en un detalle, en un error fatal, y este fue el de Camavinga, señalado dos veces esta última semana y una tercera en el peor momento: saltó al terreno de juego en el minuto 62 y fue expulsado por doble amonestación en el 87.
Entonces, apareció Luis Díaz. Justo después, en el 87, El colombiano, uno de los menos inspirados del Bayern, se sacó de la chistera un zapatazo desde fuera del área que acabó con todo.
Después Olise cerró la puerta con el 4-3 definitivo y la épica a la que parecía abonada el Real Madrid se desvaneció en dos instantes, en los dio por finiquitada la temporada: adiós a la Copa, adiós a la Liga y adiós a Europa.













