Era lícito preguntarse si sobre el césped del Emirates estaban este martes los dos mejores equipos que nunca han ganado una Champions. Al Arsenal se la quitó un error de Jens Lehmann en París, al Atlético Sergio Ramos y los penaltis de Milán. Iba a ser un partido de no cometer errores, de miedo a perder y de mucho vértigo a ganar. Y los futbolistas lo sabían.
La tensión se palpaba entre los gritos de «¡Arsenal!», los insultos al ‘Cholo‘ de la afición inglesa y los incansables cánticos de los rojiblancos. Era una oportunidad histórica para ambos equipos y un detalle decidió el encuentro. El Atlético no definió las dos ocasiones de la primera mitad, una en los pies de Julián Álvarez y otra de Giuliano Simeone, y lo pagó muy caro.
El descanso enfrío los ánimos. El Atlético cambiaba el plan, era necesario atacar. Empezó a tener más balón, a estirar el campo y a encontrar un resquicio, hasta que la eliminatoria se le esfumó en otro detalle. Esta vez sí fue imperdonable.
Un fallo de William Saliba en el salto dejó a Giuliano delante de Raya. Elevó la pelota, regateó al portero español y cuando solo faltaba empujarla, Gabriel apareció para molestarle lo suficiente y no pudiera marcar. Esta ocasión no se puede fallar en unas semifinales de Champions. Fue condenatoria. Con ella se escapó el espíritu de un equipo que si llegó vivo a la recta final fue por la falta de puntería de Viktor Gyökeres.

Cuando la lluvia paró de caer en Londres, arrancaron las lágrimas de los aficionados del Atlético. El fútbol, ese maldito deporte, les volvía a negar otra alegría. La enésima. Siempre sufriendo, siempre muriendo en la orilla, siempre levantándose. El año que viene quizás sí, como el Arsenal, que dentro de 25 días podrá añadir el gran título que falta en su palmarés.
Mikel Arteta está ante el gran partido de su vida y quizás el más importante de la historia del Arsenal.














