- El paraje que Escalona y Poncho Cotes hicieron eterno.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
Hay caminos que nunca terminan donde se acaba el asfalto. Continúan vivos en los recuerdos de quienes los recorrieron y, algunas veces, encuentran refugio en una canción. Así ocurrió con La Tomita, un pequeño paraje que aparece antes de llegar a Manaure Balcón del Cesar, donde el viento desciende fresco desde la Serranía del Perijá y el paisaje anuncia que el viaje está por cambiar de ritmo. Allí, entre árboles, conversaciones y acordeones, el vallenato decidió hacer una parada para escribir una historia que el tiempo no ha podido borrar.
Quien ha transitado esa carretera sabe que el paisaje comienza a transformarse. El calor intenso del valle va quedando atrás, mientras el aire de la montaña refresca el rostro de los viajeros. Los trupillos regalan una sombra generosa, las aves cruzan el camino y el verde de la serranía parece acercarse poco a poco. En medio de esa geografía aparece La Tomita, un rincón que durante décadas fue punto de encuentro de campesinos, comerciantes, camioneros, profesores, acordeoneros y amigos que siempre encontraban un motivo para detener el viaje.
La Tomita nunca necesitó una gran plaza ni un monumento para hacerse famosa. Su mejor carta de presentación fueron las historias que allí nacieron. Bajo la sombra de sus árboles se compartían tintos recién colados; se hablaba de cosechas, de amores, de política, de festivales vallenatos y de las noticias que llegaban desde Valledupar, La Paz o Manaure. Bastaba que alguien desabrochara un acordeón para que la tarde se transformara en una parranda donde sobraban las anécdotas y faltaban las ganas de despedirse.
Con el paso de los años, aquel paraje dejó de pertenecer únicamente a quienes lo frecuentaban. El primero en inmortalizarlo fue Rafael Escalona, quien escribió ‘Nostalgia de Poncho’ pensando en su entrañable amigo, el profesor Alfonso «Poncho» Cotes Queruz. La canción retrata la nostalgia que sentía cada vez que debía abandonar Manaure y dejar atrás a sus tres hijos para cumplir con sus compromisos laborales.
Escalona convirtió el recorrido en poesía. No necesitó describir paisajes con largas palabras. Le bastó escribir: «Con gran frecuencia los sábados temprano lo ven que pasa del Valle pa’ La Paz… Al cabo ‘e rato pasa por La Tomita, Manaure está cerquita, ¡se siente el fresco ya!». En esos versos quedó retratado el camino, el alivio que trae el aire de la serranía y la emoción de quien sabe que el regreso a casa está cada vez más cerca.
Años después, Poncho Cotes Maya volvió a detener su inspiración en ese mismo lugar. Lo que para muchos era apenas una referencia geográfica, para él era un espacio donde florecía la amistad y donde las conversaciones parecían no tener final. De esa mirada nació ‘Almas felices’, una canción que encontró en la voz de Iván Villazón y el acordeón de Franco Argüelles la interpretación perfecta para recorrer el país.
Cada vez que la melodía comienza a sonar, el oyente vuelve a encontrarse con ese rincón del Cesar al escuchar aquel inolvidable verso: «Dicen que allá arriba, cerca a Manaure, en un paraje que le llaman La Tomita; se escuchan cuentos, se escuchan cantos, una parranda con guitarra y mucha risa. Y cuenta la gente que son espantos, y que son almas que habitan en la sabana, que son felices en sus encantos y que mantienen la alegría de la montaña. Dicen que los versos son los versos de Emiliano, dicen que los cantos son los cantos de Escalona…». Bastó esa evocación para que miles de colombianos conocieran el nombre de un sitio donde quizás nunca han estado, pero que terminaron sintiendo cercano porque la música les enseñó a quererlo.

Ese ha sido uno de los grandes milagros del vallenato. Sus compositores hicieron de los caminos un libro abierto. Gracias a ellos, lugares como Badillo, Patillal, La Junta, Carrizal y La Tomita dejaron de ser simples puntos del mapa para convertirse en patrimonio sentimental del Caribe colombiano. La geografía terminó aprendiendo a cantar.
Todavía hoy, quienes conocen la historia disminuyen la velocidad al llegar a La Tomita. Algunos miran hacia la serranía; otros bajan el vidrio del vehículo para dejar entrar el viento frío que anuncia la cercanía de Manaure. Sin proponérselo, muchos terminan tarareando aquellos versos de Escalona o de Poncho Cotes, como si el paisaje les recordara que están pasando por un lugar donde la inspiración decidió quedarse a vivir.
Quizá esa sea la mayor recompensa que puede recibir un rincón de provincia: vencer al olvido sin necesidad de grandes monumentos. La Tomita lo consiguió gracias a dos compositores que entendieron que los caminos también cuentan historias. Mientras alguien siga cantando «Al cabo ‘e rato pasa por La Tomita, Manaure está cerquita…» o recuerde «Dicen que allá arriba, cerca a Manaure, en un paraje que le llaman La Tomita…», ese pequeño paraje continuará haciendo lo mismo de siempre: esperar en silencio a los viajeros, mientras el vallenato se encarga de decirle al mundo dónde queda.














