- A 46 años de su partida, el compositor de «Río Badillo» sigue respirando en el folclor, en la voz de su hijo y en el corazón de quienes todavía encuentran en sus versos una manera distinta de amar.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
Hay hombres que nacen para escribir canciones y otros, muy pocos, para respirar poesía. Octavio de Jesús Daza Daza pertenecía a esa estirpe. Cuando el sentimiento le daba la orden, la inspiración comenzaba a recorrerle el cuerpo hasta salir convertida en versos. Por eso, 46 años después de su muerte, el folclor vallenato todavía siente el vacío que dejó aquel poeta cuya partida fracturó una manera de contar la vida. Sus canciones hicieron que los ríos aprendieran a enamorarse, que los pueblos guardaran la tristeza en sus cerros, que las palomas señalaran caminos de esperanza y que hasta una mariposa detuviera su vuelo para convertirse en flor.
La violencia apagó su existencia demasiado pronto. El 12 de enero de 1980, en Barranquilla, terminó la vida del hombre nacido el 15 de abril de 1948 en San Juan del Cesar, La Guajira, hijo de Samuel Francisco «Chame» Daza Hinojosa y Palmina de Jesús Daza Maestre. Tenía apenas 31 años, pero había escrito suficientes canciones para ganarle un pulso a la eternidad.
Aunque la cuna estuvo en San Juan del Cesar, fue Patillal el pueblo que terminó adoptándolo como uno de los suyos. Allí llegó siendo apenas un niño de seis años. Entre guitarras, acordeones, árboles frondosos y caminos polvorientos descubrió que el paisaje también podía escribirse. Desde entonces comenzó a conversar con el viento, con los pájaros y con el río que más tarde inmortalizaría.
Octavio no escribía buscando aplausos. Escribía porque no conocía otra manera de vivir. Una despedida, una sonrisa, una conversación o una mirada bastaban para despertar la inspiración. Si no tenía un cuaderno, servía cualquier hoja; si no aparecía una hoja, utilizaba una cajetilla de cigarrillos. Las canciones nunca le pedían permiso para llegar.

Así fueron naciendo obras como «Frente a mí», «Sanandresana», «Mi novia y mi pueblo», «El cansancio del poeta», «La tierra tiene sed», «Dime pajarito» y muchas más. Sin embargo, ninguna alcanzó el vuelo de «Río Badillo», la canción ganadora del Festival de la Leyenda Vallenata de 1978 que convirtió un río guajiro en uno de los lugares más famosos del universo vallenato.
Quien visita hoy el río Badillo comprende por qué Octavio nunca dejó de volver a él con la imaginación. Sus aguas parecen guardar todavía el eco de aquellos versos donde dos enamorados juraban quererse para siempre. Desde entonces el río dejó de pertenecer únicamente a la naturaleza para convertirse también en patrimonio del sentimiento colombiano.
Pero detrás del compositor existía un hombre profundamente enamorado. Ese hombre encontró el amor cuando conoció a María Concepción Gámez Pareja. Ella recuerda que todo comenzó en una calle de Valledupar, donde Alberto «Beto» Daza los presentó. Bastó un intercambio de miradas para que empezara una historia que más tarde terminaría convertida en canciones.
María Concepción asegura que convivir con Octavio era vivir al lado de un poeta permanente. Las canciones nacían mientras caminaban, viajaban o simplemente conversaban. Cuando ella debía regresar al colegio en Ocaña, él sintió que la distancia comenzaba a doler y escribió «Nido de amor», una obra donde el amor se negaba a aceptar la despedida.
Ni siquiera las diferencias lograron separarlos. En una ocasión ella decidió terminar la relación. Octavio no respondió con reproches ni con silencios. Respondió escribiendo «El cansancio del poeta». Aquellos versos hicieron lo que ninguna explicación pudo conseguir: devolvieron el amor al mismo lugar donde siempre había pertenecido.
El destino, sin embargo, escribió una página imposible de entender. El 24 de diciembre de 1979 nació Octavio Miguel Daza Gámez. Su padre soñaba con abrazarlo, pero nunca alcanzó a conocerlo. Apenas diecinueve días después del nacimiento del niño, el compositor fue asesinado. La vida le negó ese primer abrazo, pero le concedió una herencia mucho más grande: su talento.
Con el paso de los años, Octavio Miguel heredó la sensibilidad de su padre, comenzó a escribir canciones y terminó conquistando escenarios y festivales. Cuando interpreta «Río Badillo», «Nido de amor» o cualquiera de las obras que inmortalizaron a Octavio Daza, pareciera que padre e hijo compartieran nuevamente el mismo escenario, separados únicamente por el tiempo.
Hoy, 46 años después, Octavio Daza continúa caminando por Patillal sin necesidad de estar presente. Vive en las aguas del río Badillo, en las parejas que siguen jurándose amor con «Nido de amor», en la emoción de su hijo al defender el vallenato tradicional y en la memoria de un pueblo que todavía pronuncia su nombre con respeto. Porque los grandes poetas nunca terminan de irse. Simplemente cambian la tinta por el viento, las hojas por los acordeones y el silencio por canciones que el tiempo jamás consigue callar.














