La tarde del martes 5 de mayo de 2026 cayó pesada sobre el barrio La Sierrita, en el sur de Barranquilla. El calor, habitual a esa hora, parecía detenido en el aire cuando los disparos rompieron la rutina de la carrera 3E con calle 53. Fueron ráfagas secas, rápidas, de esas que no dan tiempo a nada, ni a correr, ni a preguntar.
Ricardo José Mendívil Céspedes, de 32 años, estaba en la vía pública cuando dos hombres se le acercaron. No hubo discusión, no hubo amenazas previas. Según el reporte policial, los sicarios actuaron sin mediar palabra, lo atacaron directamente, como si el desenlace ya estuviera escrito. Minutos después, el cuerpo de la víctima era trasladado de urgencia a la clínica San Ignacio, pero ingresó sin signos vitales.
La escena, acordonada poco después, quedó bajo la injerencia investigativa del CTI, mientras las autoridades señalaban que en ese sector tiene presencia el grupo delincuencial organizado los Costeños, una estructura que desde hace años disputa el control de rentas ilegales en distintos puntos de la ciudad.
La historia de Mendívil no empezó esa tarde. Meses atrás, en la madrugada del 26 de diciembre de 2025, su nombre ya había aparecido en reportes de emergencia. A las 3:14 a. m., cuando muchos aún celebraban las fiestas de Navidad, él se movilizaba en motocicleta por las calles de Soledad. Según versiones preliminares, el cansancio le jugó en contra: se habría quedado dormido al volante y la moto siguió su curso sin control hasta estrellarse contra un muro.
Tras el siniestro, fue trasladado de urgencia a la Clínica Los Almendros, donde ingresó en estado crítico. Los médicos diagnosticaron trauma craneoencefálico, fracturas en el rostro, especialmente en los pómulos, y múltiples lesiones en las costillas. Su vida pendía de un hilo, sostenida por tubos y máquinas en la Unidad de Cuidados Intensivos.
En esos días, la familia alzó la voz. Denunció demoras en la atención especializada, temiendo que el tiempo jugara en su contra. Cada hora era una espera angustiante entre la incertidumbre y la esperanza.
Contra todo pronóstico, Mendívil sobrevivió, se recuperó lentamente, salió de la UCI y, con el paso de las semanas, fue dado de alta. Volvió a las calles, a la cotidianidad que meses después terminaría siendo el escenario de su muerte.
Ese contraste de haber sobrevivido a un accidente que casi lo mata, para luego ser asesinado a plena luz del día, es el que hoy marca la narrativa de su historia.

Las autoridades también confirmaron que Mendívil registraba una anotación judicial por violencia intrafamiliar, fechada el 17 de marzo de 2020. Un dato que, aunque no explica el crimen, entra a formar parte del rompecabezas que ahora intentan armar los investigadores.
En La Sierrita, entretanto, el miedo vuelve a instalarse como un vecino más. Los habitantes del sector, acostumbrados a convivir con la tensión que generan las disputas criminales, hablan en voz baja, miran con cautela y evitan quedarse más de la cuenta en las esquinas, porque en barrios como este, la vida puede cambiar en segundos y la muerte, como ocurrió con Ricardo José Mendívil Céspedes, puede llegar sin aviso, en medio de una tarde cualquiera.














